“El Club del 9”, un mimo al aprendizaje del rugby
Es un sábado común y corriente de septiembre. La mañana soleada entrega destellos de una primavera venidera y ofrece un respiro ideal en el calendario. Las grandes estrellas del rugby porteño aprovechan la fecha libre para tomar un aire de la temporada que no suele dar tregua. El Bolsón, San Martín de los Andes o la costa asoman como destinos para alejarse un poco del deporte que tanto amamos y que, a veces, también padecemos.
Sin embargo, en las instalaciones de Virreyes Rugby Club, el sonido del impacto de las pelotas contra los botines resulta imposible de omitir. Un murmullo constante interrumpe la calma de la jornada. Al mirar hacia el campo principal, se divisa un grupo de adolescentes con indumentarias de los más diversos colores. "¿Son una especie de Barbarians?", pregunta con inocencia un niño del club local que recostó su cuerpo al costado de la Cancha 1 para observar cómo 15 chicos de distintos clubes de la URBA compiten en un peculiar “Mundial de cajones”, con el objetivo de pegarle al travesaño de la hache.
La estampa de ver a jugadores de diferentes camisetas en un mismo espacio no es nueva para este deporte, pero lo de esa mañana respondió a una tónica muy particular. Se trata de una academia de aprendizaje integral que brinda herramientas específicas mediante escenarios reales de juego. La realidad de aquel grupo confundido con el mítico combinado internacional es "El Club del 9", una iniciativa dedicada a una de las posiciones de mayor responsabilidad y conducción dentro del rugby moderno. El espacio está liderado por Ignacio Inchauspe -exmedio scrum de Pampas-, Joaquín Pellandini -actual integrante de Los Pumas Seven- y Pablo Filippini, entrenador de destrezas mentales y coach deportivo.
Los tres cruzaron sus caminos hace seis años en la estructura de Olimpia Lions, aquel proyecto de época pandémica que posteriormente transmutó en Yacare XV. "Tuvimos la misma idea en simultáneo y, al conocernos, nos dijimos que teníamos que hacer algo con esto", revela Pellandini sobre el origen del proyecto. La idea fermentó durante años hasta consolidarse en el formato actual: mientras el hombre formado en Buenos Aires se transformaba en pieza clave de la época dorada del seleccionado de Seven tras los Juegos Olímpicos de Tokio, Inchauspe forjaba su camino como nueve de la franquicia paraguaya primero y Pampas posteriormente, y Filippini desarrollaba su labor en la destrezas mentales aplicada al alto rendimiento.

A este último se lo reconoce al instante: libreta en mano, juego de mate grabado y una simpatía natural que rompe cualquier hielo en la primera charla. Su presencia deja en claro el corazón metodológico de la academia: dotar a los chicos de una capacidad resolutiva propia frente a los obstáculos y estímulos cambiantes de su entorno. Bajo la premisa fundamental de "entrenar en la jungla y no en el zoológico", la Cancha 1 de Virreyes transforma por unas horas sus líneas de cal en arroyos, su césped en pastizal salvaje y el escenario de práctica en un ecosistema tan impredecible como la realidad misma de un partido.
Lejos de las repeticiones analíticas en entornos ideales, la propuesta busca sumergir al jugador en situaciones de incomodidad táctica: rucks sucios, kicks bajo presión, lectura de espacios libres, uso del pie inhábil y la permanente búsqueda de mejorar los recursos individuales en contextos de verdadera oposición.
La jornada comienza temprano con una sesión de respiración guiada a cargo de Filippini, seguida por trabajos de movilidad conducidos por Inchauspe. El conector con la pelota viva llega a través de una tocata bajo la regla 50/22 -donde sumar puntos por esa vía otorga doble valor- para luego dar paso a la técnica del pase desde la formación acumulativa. Al principio, la timidez amenaza con adormecer la dinámica del grupo, hasta que la voz firme de Filippini marca el ritmo conceptual de la mañana: "Acá hay que animarse".
Esa filosofía premia la toma de decisiones y la intención por sobre el mero resultado o la ejecución técnica. Si un kick no resulta del todo efectivo pero la lectura del espacio y la idea táctica eran correctas, se le otorga al jugador la posibilidad de repetir la acción. Se pondera la valentía mental de animarse a resolver antes que el error del gesto, ya que la destreza mental moldea al ejecutor. "Nos animamos a hacer las cosas poco convencionales. Si arrancás un entrenamiento en un club tradicional con un juego de estas características, te ven como a un loco. Acá nos animamos a eso", reflexiona el grupo de trabajo al explicar el valor formativo de romper con las estructuras rígidas del entrenamiento habitual.

Esa búsqueda de precisión técnica encuentra su pico de efervescencia durante el "Mundial de cajones". Allí, la figura de Joaquín Pellandini cobra una dimensión magnética para los chicos. Entre tiro y tiro al travesaño, los adolescentes se acercan al olímpico con Los Pumas Seven para pedirle consejos sobre el apoyo del pie, el soltar la pelota o la parábola del remate. Ver cómo los chicos absorben cada indicación de un referente de ese nivel y refinan su técnica de manera instantánea le da un prestigio impensado a la competencia.
Dentro de la dinámica matutina emerge un aspecto crucial que define la idiosincrasia de la academia: el tiempo destinado al arte de conocerse. Finalizada la parte de campo, la ronda de cierre reúne a todos los presentes en el centro del terreno. A cada participante se le pide destacar un aspecto positivo o una virtud que le hubiera sorprendido de algún compañero durante las actividades. El resultado es un ejercicio de memoria y empatía sorprendente, donde cada chico recuerda el nombre de pila y el club de procedencia de sus pares, aún cuando se trata del primer contacto entre ellos.
Esa capacidad para asociar rostros y nombres no parece haber sido un ápice de simple inspiración , sino de la arquitectura pedagógica aplicada desde el primer minuto. Entre ejercicio y ejercicio, la conducción intercala dinámicas de presentación para romper las barreras del desconocimiento: desde presentarse con nombre, club y un dato curioso, hasta el juego de "dos verdades y una mentira", donde entre risas y deducciones los chicos intentan adivinar las historias reales de cada uno. De fondo, la mirada atenta de Inchauspe refleja la pauta de un encuentro que supera el límite de lo estrictamente deportivo: "Todos acá tienen 15, 16 o 17 años, probablemente hasta compartamos cancha con muchos de ellos. Para mí fue un placer conocer gente de otros clubes, ver cómo piensan... Yo me llevo eso".
"El Club del 9" es, en definitiva, un mimo al rugby y a la formación de quienes son los primeros en tomar la pelota luego de un ruck. Una propuesta que entiende que el desarrollo técnico y la templanza táctica caminan de la mano con la empatía y la gestión emocional. Una jornada en la que 15 chicos entran a la cancha como desconocidos con camisetas distintas y se retiran con el aprendizaje de que el que porta la N°9, independientemente del color de su indumentaria, es -indefectiblemente- una persona.
